Dos semanas, tan solo dos semanas.

Estamos forjados a base de prejuicios que nos van marcando la vida. Nos acompaña a lo largo de nuestro camino y a modo de luciérnagas hacen que elijamos un camino u otro cuando llegamos a las encrucijadas. Lo que no nos damos cuenta es que esos perjuicios están fundados en lo que intuimos, en lo que pensamos y en lo que nuestro yo nos marca, con lo cual son “prejuicios prejuiciados”.

En muchas ocasiones no somos capaces de darnos cuenta de que lo que creemos ciertamente puede tratarse de un simple engrosamiento de la piel sin que exista tumor debajo, que solo con cambiar unos grados nuestra cabeza vemos otra perspectiva que nos indica que lo que era X ahora es Y, ya que la patita que lo convertía en X era solo una sombra intensificada por el rayo de sol mañanero.

Cuando yo fui dispuesto a defender mi derecho a una aula de informática donde hubiera ordenadores, iba con el convencimiento de que la persona que me iba a atender intentaría por todos los medios de que mi ubicación era la correcta. Lo tenía claro, se trataba del director del centro con lo cual el tendría las de ganar y además no iba a escuchar un simple novato recién llegado a la formación, ( que iba yo a saber ) y en cambio la respuesta fue totalmente distinta a las que mis prejuicios me hacia pensar. Apoyaba lo que yo pensaba.

Una vez más, y desde tan joven, me volvían a demostrar que no se debe tener prejuicios.

Al poco tiempo de estar dando clase y durante una cena navideña de antiguos compañeros de formación tuve la oportunidad de  coincidir con uno de mis mejores profesores y que el paso del tiempo lo ha consagrado como innovador en técnicas de formación.

Alto, con una sonrisa a media hacer, perfectamente peinado, afeitado y vestido todos los días, como diría  la madre de una amiga mía “siempre debemos ir bien peinados y con los zapatos limpios y sin estropear”. Era D. Tomás, mi profesor de Metodología de Programación. Era la asignatura hueso con más de un 70% de suspensos todos los años. Pero para mí aquella persona cada vez que hablaba me maravillaba.

Todo el mundo quería una clase clásica, donde el docente trasmitía y los alumnos asumíamos, pero D. Tomás era distinto. Sus clases eran aparentemente alborotada, sin orden, sin un comienzo ni un fin marcado, sin un índice de temario, solo sabíamos su título Metodología de Programación. Con el paso de los años me fui dando cuenta de que era el tipo de formación que yo quería dar. Una formación donde los alumnos marcan sus objetivos, donde el profesor pasa a ser un tutor, donde la perspectiva de la asignatura no era un trimestre o cuatrimestre ni tan siquiera un año, era una perspectiva a largo plazo. Donde el objetivo no era obtener unos conocimientos para llegar a un examen, sino despertar nuestra creatividad, el verdadero programador que llevábamos dentro algunos, ese 30% que terminaba aprobando su asignatura.

El mismo día que me di cuenta de que esa era el tipo de formación que yo quería dar, me di cuenta de que con el actual sistema educativo era imposible de cumplir. Reglamentos, decretos, ordenes, pautas que lo único que me hacían era encorsetar mi dinámica, cortar las guías de mis alas, ponerme el grillete en mi pierna. Me dejaban dar clase, pero como otros querían, te daban la palmada en la espalda mientras con la otra te agarraban la muñeca.

Pero yo estaba convencido y sigo convencido de mi metodología didáctica.

Cuando por fin conseguí que me asignaran una aula que tuviera ordenadores, lo primero que hice fue desterrar la idea de que cada alumno se sentara en el mismo ordenador todos los días, quería que rotaran incluso durante la clase, quería que hubiera dinamismo, que hubiera intercambio, que aprendieran a colaborar cediendo su ordenador para que otro compañero trabajara en lo mismo que él había empezado.

Dos semanas, tan solo dos semanas tardaron en llamarme a capitulo. Una tarde, la simpática y cariñosa secretaria, toca en la puerta de mi aula, casi no la oí, el ajetreo de mi clase no me dejaba oír los leves toques de aquella mano, una mano que no quería interrumpir mi dinámica pero que acataba ordenes.

“Tienes que pasarte por el jefe de estudios antes de marcharte”. Su vocecita penetro en mi como un cuchillo afilado, sin dolor pero muy profundo. Sabía que algo no iba bien.

No quería que acabara la clase, porque estaba con mi dinámica y porque me aterraba la reunión, mis prejuicios volvieron a surgir.

Cogí mi maletín y me dirigí firme pero cargado de dudas hacia el despacho, vi la puerta entreabierta y con una suave voz pregunte “se puede”, “pasa pasa y siéntate… ¿ un café?”.

¿ Un café? me pregunta si ¿ un café ? la cosa es más seria de lo que pensaba.

No podía ni con ese café, que a las 10 de la noche que era entonces me vendría genial. Mis nervios me atenazaban, me bloqueaban, me quede mirándolo fijamente a la espera de que me acribillara con sus palabras.

“Se que tienes muchas ganas, se que es tu primer trabajo como formador, se que la propia materia de informática da pié a que innoves en los métodos formativos, pero hay padres que siguen pensando que sus hijos vienen aquí a aprender una materia y no a pasárselo bien.”

Esa frase de carrerilla y sin respirar fue como si me estampara contra la pared la fuerza de la gravedad de un cohete en su despegue. Comenzó a subir la temperatura de mi cara, un sopor me inundaba. No sabía que contestar, no tenia argumentos, solo pude decir ” lo siento, pensé que de esta manera asumían mejor la materia, igual me equivoco”. Mi falta de experiencia en estas situaciones me la jugó. Sabía entonces que mi método era efectivo pero como pelear contra el argumento de los padres apoyado por la necesidad de negocio del centro.

Me estrecho la mano y me dijo “gracias por entender la situación”.

Mi primera gran bofetada de la realidad formativa, de la realidad empresarial.

Autor Pedro Báez Díaz (@pedrobaezdiaz)

Pedro Báez Díaz (@pedrobaezdiaz) has written 105 post in this blog.

Máster Executive, Community Management y Dirección de Redes Sociales en la Empresa por la Universitat d’Alacant. Técnico Superior de Informática de Gestión. Manager del CIDECAN, Centro de Innovación y Desarrollo Empresarial de Canarias. Profesor de Tecnología de la Información y la Comunicación en Bricham International University y European School of Management of Tenerife (BBA y MBA) y Profesor titular de los cursos “Las redes sociales para la empresa” y "El Blog profesional" en CEOE. Director Académico y profesor de Programa Superior de Gestor de Redes Sociales y Comunidades Digitales de la Escuela Superior de las islas canarias (ENIC). Dinamizador y Gestor de Redes Sociales (marcas, productos, empresas y personas). Experto en Formación e-learning y b-learning en entorno moodle. Administrador de sistemas del Centro Comercial El Trompo y de Construcciones Industriales de Tenerife (COINTE). Ponente especializado en la creación del “Yo DIgital” y “La actividad de las empresas en las redes sociales” con las que participó el “Proyecto Alóngate”, “I Encuentro Sectorial de Social Media en Canarias”, “Martes Digital del Instituto ISIE”, “Ayuntamientos 2.0″, “Adejetec 2012 y 2013″ y en la Tenerife Lan Party 2k12, 2k13 y 2K14 @pedrobaezdiaz

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